«Normalizar algunas conductas con la comida tiene consecuencias»
Siempre se normaliza que una adolescente sea insegura con su cuerpo, por lo que nadie detectó nada extraordinario en mis palabras ni en mi comportamiento. «Es cosa de la edad», me decían. No, no era solo la edad y supuso muchas cosas en mi vida. Los días fueron perdiendo fuerza y la luz, poco a poco, se fue apagando.
Creo que en muchas ocasiones he usado la comida como soporte emocional —algo que puede ser un indicador de trastorno y, aun así, está profundamente normalizado—. ¿Quién iba a detectar algo raro, si en cualquier película cuando alguien está triste se pone hasta arriba de helado y de ultraprocesados? ¿O si en cualquier celebración, lo primero que se hace es comer comida fuera de lo que consideramos «sana»?
Al principio, me daba atracones. Si estaba estresada, comía. Si había una fiesta, comía. Si estaba triste, comía. Pero no era simplemente comer, era comer hasta sentir que iba a vomitar y, aun así, seguía teniendo ansia por seguir comiendo.
Empecé a llorar de culpa: me iban a salir granos, iba a engordar…. Y seguían viéndolo normal.
La falta de autocontrol empezó cuando, de alguna manera, fui «lo suficientemente mayor» como para que mis padres dejaran de estar pendientes de lo que comía. Pero la dopamina que yo buscaba a través de la comida duró poco. Cuando era más pequeña lloraba por qué me dolía la tripa, luego empecé a llorar de culpa: me iban a salir granos, iba a engordar…. Pero esto era considerado normal.
Recuerdo cuándo empezó mi experiencia con la anorexia: el punto de inflexión. Yo volvía de una quedada en la que habíamos comido en una hamburguesería. De repente, todos los comentarios sobre estereotipos físicos que había escuchado de amigos o familiares me vinieron a la cabeza. Recuerdo ir a mis padres llorando a decirles que no me gustaba lo que veía, que quería cambiar mi alimentación y comer sano. Yo siempre he sido una niña muy espontánea, así que tampoco les extrañó demasiado y me pidieron cita con el nutricionista. Ese verano, recortamos muchas cosas de mi dieta, aunque, de alguna manera, no lo hicimos muy bien, porque el impacto mental que tuvo empezar a tener miedo a algunos alimentos. Todo quedó ahí hasta que, de repente, me quedaron grandes unos pantalones que antes me apretaban. Sentí una satisfacción brutal. Quería más.
El año siguiente fue muy chungo. Empecé a restringir comidas, rebajé mucho las cantidades, pero seguía teniendo atracones provocados por el hambre emocional. Hasta tal punto, que llegué a tenerle miedo a la comida. Desarrollé una especie de «alergia mental» en la que cualquier cosa que no fuera fruta o verdura me sentaba mal en el estómago e, incluso, me salían ronchas. Dejé de disfrutar de la comida. Me inventaba excusas para no comer, me inventé centenares de alergias, dietas, excusas... En resumen, acabé con uno o dos kilos por debajo del peso saludable. Y aun así, yo quería más. Nunca era suficiente, quería pesar menos, me ponía objetivos, y perder 100 gamos era una satisfacción brutal, aunque siempre iba acompañada del miedo a que me regañaran.
Hay conductas que pueden ser señales de que alguien necesita ayuda y, sin embargo, están tan normalizadas que pasan desapercibidas. Ni siquiera yo sabía realmente qué me ocurría.
Cuando terminó el curso, progresivamente, volví a comer cantidades normales. Pero mi relación con la comida nunca volvió a ser completamente normal. He pasado por rachas de obsesión por el deporte, de culpa, de atracones, de restricciones, pero ahora, en cuanto me doy cuenta de que algo no está bien, paro, reflexiono y pido ayuda. Sí, tengo un trastorno y todavía estoy aprendiendo a convivir con él. Pero él ya no me tiene a mí.
Lo que quiero sobre todo resaltar de mi historia es que nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando. Hay conductas que pueden ser señales de que alguien necesita ayuda y, sin embargo, están tan normalizadas que pasan desapercibidas. Ni siquiera yo sabía realmente qué me ocurría. La palabra trastorno puede sonar tan fuerte, que nadie se atreve a pedir ayuda. Quizás tienes miedo a que te tomen por exagerada. Desde que pasé por esta experiencia, voy identificando conductas que me chocan, que no deberían ser. Los estereotipos, ideales y comentarios, indirectamente y directamente, afectan mucho, aunque no vayan dirigidos a uno mismo.
Teléfono de la Esperanza 93 414 48 48
Si sufres de soledad o pasas por un momento dífícil, llámanos.
Luz se puso en contacto con nosotros hace un tiempo. Quería explicarnos su experiencia con un trastorno de la conducta alimentaria que poco a poco se apoderó de su vida, desde que era adolescente. Pero sobre todo quería advertir de lo peligroso que es normalizar algunas conductas con la comida y en relación a la aceptación del cuerpo. «Son cosas de la edad», le dijeron a ella cuando manifestó su inseguridad con el físico o cuando empezó a querer hacer dietas para comer «sano». No, no eran cosas de la edad, era una llamada de auxilio que tardó en encontrar respuesta.
Su testimonio es un toque de atención a esos comentarios, estereotipos e ideales de belleza que normalizan conductas con la comida que pueden tener graves consecuencias.
